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Etimologías creativas: quesadilla, lógica e ilógica del lenguaje







La casi alucinante visita del Provinciano Atribulado a la capital

En el reino de Uk, el Provinciano Atribulado hizo el viaje desde su lejana provincia a la capital en busca de respuesta a la interrogante que lo desvelaba de tiempo atrás.

            ─Oh, gran maestro, ¿podría concederme unos minutos de su precioso tiempo?

            ─Si vas a consumir, adelante.

            ─En realidad no, acabo de comerme un sándwich en la central camionera…

            ─¿Un sándwich? ¡Ja!

            ─¿Qué? ¿Tiene algo de malo?

            ─No, nada. Hacía muchos años que no escuchaba esa palabra. Aquí lo que más se vende son memelas, tacos sudados y guajolotas.

            ─Sin distraerlo mucho de sus ocupaciones, quería preguntarle por qué…

            ─Si no vas a comer, ahueca, ¡cúchila! No tengo tiempo.

            Decidido a conocer la verdad, el Provinciano Atribulado caminó hacia el siguiente puesto de comida callejera; o sea, no caminó casi nada.

            ─Supremo maestro del buen comer, ¿sería tan bondadoso en informarme por qué…?

            ─¿En qué pinche lengua hablas tú? ¿Qué es eso de “supremo maestro” y “sería tan bondadoso en informarme”? ¡A pitorrearse de los pobres a otro lado, órale! ¡“Supremo maestro” mis tanates!

            Sin desanimarse, pero decidido a cambiar de estrategia, se dirigió a un tercer puesto. Éste lucía más humilde que los otros, un par de bancos largos, una mesa con trastes y en el centro un anafre de carbón montado sobre ladrillos; lo atendía una mujer.

            ─Quihubo, mi señito. ¿Tiene agua de jamaica sin jamaica?

            ─¡Hálgame, si es nuestra especialidad! El kilo de jamaica está por las nubes y le echamos de ese jarabe sintético que venden en el mini súper de la esquina. Creo que hasta sabe mejor que la flor, más dulce, mismo color.

            El Provinciano Atribulado pensó que por fin había llegado al sitio correcto. Jaló un banco para sentarse.

            ─¿Y de comer qué le damos, güerito?

            ─¿Güerito? Tengo el cabello negro, ¿no se me nota?

            ─Es un estrategia mercadológica, hombre.

            ─Ah. Pues mire, quiero una quesadilla sin queso… En verdad sólo quiero el agua y preguntarle además, si me lo permite…

            ─No hay tos muchacho. Aquí tienes. Tú lo que quieres saber es por qué aquí en la capital les llamamos quesadillas a las dobladitas que no llevan queso, ¿no es cierto?

            ─¿Cómo lo supo? ─preguntó sorprendido el Provinciano Atribulado.

            ─No eres el primero que cae por aquí con eso.

            ─¿Y verdad que es un gran absurdo? Las quesadillas son quesadillas porque llevan queso y punto, digo yo.

            ─Los dices tú, sí, que no tienes necesariamente la verdad. O tienes sólo una parte de ella. Yo te pregunto, si el pan de nata está hecho de harina y nata, ¿de qué está hecho el pan de muerto?

            ─Pero es que eso es otra cosa. Quesadilla deriva directamente de queso, y si no lo lleva, pues…

            ─No creo que sea otra cosa. ¿De qué metal está hecha la llave de la felicidad? ¿A las miradas de fuego en un cine o una gasolinera habría que echarles agua? ¿Mini súper es un contrasentido? ¿Habría qué cambiarles el nombre al papel de china y al azul de prusia porque ya no proceden de allá…? El lenguaje es así, chamaco, se amolda a las necesidades de los hablantes, miente pero funciona y a veces da la apariencia de no tener mucha lógica.

            ─Creo que voy entendiendo, maestra. Y sabe qué, ya me dio hambre. Deme dos quesadillas con queso y deshebrada, y una de papas con chorizo pero sin queso.

            ─¡Eso! Y lo de “maestra” no lo vuelvas a decir. Sólo tengo licenciatura.  ©

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