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Cuento: semidesierto




Primeros pasos



Fácil: adelantar un pie, luego el otro, sin hacer caso del calor ni de la venenosa serpiente escondida seguramente en aquella hendidura entre las piedras ni de nada. Adelantar un pie, luego el otro… Podía llegar a donde quisiera. Sin embargo, sus ojos se oscurecían de tanto sol, las piernas se rebelaban como cansadas de seguir órdenes… Adelantar un pie, luego el otro.
   La caravana con el candidato a la presidencia del país pasaría por el entronque del modesto camino vecinal con la carretera México-Laredo, estaba previsto que entre las once y las doce de la mañana. El día anterior habían anunciado en las escuelas que el transporte gratuito saldría de la plaza a las ocho de la mañana. Lo mismo habían propagado, con la exuberancia con que se anuncia una función de circo, los empleados del municipio en el mercado y las calles principales por medio del altavoz montado en un Studebaker que alguna vez fuera negro y ahora se mimetizaba con los dominios del polvo. El único taxi del pueblo.
   —Los que asistan tendrán tres puntos extra en la calificación final, así que tomen nota —instruyó el director en la escuela primaria de Javier.
   Por supuesto, la chiquillería no ocultó su entusiasmo por la perspectiva del inesperado día de asueto. Javier se forjó el propósito de asistir. No conocía la carretera.
   Era sabido que en tales actos repartían comida, así que la madre sólo les aprontó a sus dos hijos un morral y les puso un puñado de galletas, lavó dos botellas grandes de refresco que Indalecio, ente protestas, y Javier rellenaron con agua. Cortaron media docena de naranjas agrias del fondo de la casa. Era época de calor y esa semana pegaba fuerte, aun en la sombra. Un calor seco y pesado como de incendio de monte.
   La madre le advirtió al mayor que no fuera a descuidar al menor, pobre de él si lo hacía. 
   —¡Mamá, no quiero llevarlo, siempre está bobeando! —protestó de nueva cuenta Indalecio.
   —Lo dijo tu padre y lo repito yo, lo llevas y me lo cuidas a costa de tu vida.
  —El otro día que vinieron los luchadores el menso casi se me pierde entre el gentío por estar viendo no sé qué cosa.
  —¡Bueno, ya te informé! Cuidadito nomás. 

   Esa noche el menor casi no durmió de la expectación. El poderoso reclamo no eran los puntos extra en la calificación, tampoco conocer en persona al seguro presidente de la nación, por lo demás bastante conocido en las imágenes esparcidas en calles y caminos. El atractivo para él, quizá no para el hermano, era el paseo en sí. Ampliar horizontes, conocer la carretera México-Laredo que conducía al universo, ver los camiones de 18 ruedas y los autobuses que transitaban por ahí, con asientos reclinables y amplios como los de los aviones.
   Algunos de esos monstruos en brama venían desde Texas y hasta de más allá, según le platicaba Indalecio con una admiración que encontraba limo nutritivo en el cerebro del menor para crecer y crecer como palmera tropical, aunque el mayor nunca se había subido a uno de esos autobuses y menos a un avión.
   Lo primero que hizo Javier cuando despertó fue escrutar la mesita donde habían dejado los efectos para la expedición: estaba sólo su parte, sin morral. Saltó de la cama. Eran casi las ocho en punto; Indalecio ya se había ido.
   —¡Por qué, mamá, si ustedes le dijeron que me llevara! —Era una gran injusticia a todas luces.
   —Ni modo —dijo una de sus hermanas—; por bobo.
   —Tú no te metas… ¡Mamá!
   —Va a hacer mucho sol, hijo, y tanta gente... Estás muy chico.
    ¿Chico él? ¿Chico? Diez minutos después seguía parado en el centro de la cocina con su mohín de llanto y la madre lo conminó para que se sentara a almorzar o se retirara.
   —¡Y cuidadito si estás pensando en largarte por tu cuenta! —advirtió.
   El hijo respondió que no, mamá, y se sentó, con la cabeza baja y una gran amargura en la boca. No lo había pensado, la verdad, pero ahora que ella lo decía, a lo mejor...
   Luego que salió de la cocina sonseó unos minutos por el patio, tomó una pelota y gritó que se iba a jugar con los de la cuadra. 
    —¡Ya que no tienes clases, a las diez vas a llevarle la comida a tu papá, no se te olvide!
   Respondió una ambigüedad. Escondió la bola antes de salir y corrió a la plaza. Vio que alzaban la cortina metálica de la ferretería, y dos caballos, un carretón colmado de rastrojo y poquísima gente. Se apresuró al otro extremo de la plaza, que cubrían los árboles y el quiosco. El taxi, estacionado en su lugar de costumbre frente a la iglesia. Javier se acercó. Con cajas de cerveza que sacaban de un comercio, cargaban el vehículo el comandante de policía y sus tres agentes, uniformados hasta la cabeza de color caqui y con botas relucientes, como nunca. Se arrimó aún más.
   —¿Quieres ir con nosotros? —le sonrió el comandante.
   Javier vio la pistola, quiso retroceder. No obstante, movió la cabeza afirmativamente.
   Terminaron de llenar la cajuela y parte de la cabina con las cajas. El comandante revisaba el papel que le tendiera el dueño del negocio. Se subieron el chofer y los otros. El comandante devolvió el papel, entró y se fueron, seguro que al entronque, pensó el pequeño con un sentimiento de fracaso y animosidad hacia todo. Al final el comandante ni siquiera había visto que seguía ahí a su lado suplicándole con la mirada. 

  Se dirigió a la orilla del pueblo y tomó el camino de tierra que adelante se imbricaba con la aspereza del semidesierto y terminaba, mucho después, en el asfalto de la carretera federal. Llegar era un asunto de amor propio. Pasó a marcha forzada los últimos sembradíos. Más allá era un mundo ignoto y avieso, pero no se detendría.
   Empezaron los cactos y los manchones de gobernadora, unas lomas de tepetate, blancuzcas, con chaparros cenicientos de polvo y sed. Sudaba como una manguera picada. La fruta, la gorra y el agua habían quedado en la mesita, y el sol calaba con desfachatez, a cada paso más. Pero sólo pensaba en seguir adelante. Adelantar un pie, luego el otro... Doscientos veinticinco pasos, doscientos veintiséis… Trescientos hasta aquel chaparro... Escuchó que le gritaban, ¿quién en aquella deslumbrante soledad? A varios pasos del borde del camino descubrió a un anciano, borracho o enfermo, montado sin curia en un burro a la sombra de un mezquite que tenía clavado en el tronco un borroso anuncio de ungüento 666; debajo de éste sonreía el candidato confiadamente hacia el futuro.
   —¿A dónde con tanta resolana, chamaco? —en la grupa del animal destacaba un machete colgado de su funda.
   —Aquí nomás adelantito —contestó el niño, sonriendo como para que le creyera y apretando el tranco casi sin querer.
   —Está bueno, chamaco. Nomás cuidado con las culebras —el hombre rió de una manera espesa y seca como el polvo.
   El entronque, no lo sabía Javier, estaba a 60 kilómetros de distancia. Aumentaba el rigor del sol, el paisaje triste se empobrecía. Ahora sólo se divisaban aquí y allá huisaches agonizantes del mismo tamaño, enanos, cenicientos también.
   Entre el tajo de un cerro, a lo lejos vio aparecer una polvareda grande que se acercaba a una velocidad sorprendente. Distinguió el Studebaker, y por un momento pensó en hacerle señas para que lo llevara de regreso. Pero no, tenía que seguir adelante. Era su convicción desde que dejara la plaza y no la iba a traicionar. Antes de pasar a su lado, el chofer del carro sin pasajeros disminuyó la velocidad y le pitó a manera de saludo, o eso interpretó el niño, que levantó la mano sonriendo como alunado.
   Siguió caminando treinta minutos más, una hora. Todo encandilaba a su alrededor, las piedras, el horizonte. Ni un caserío, ni un vehículo que pasara en ningún sentido. Los tenis empezaron a sacarle ampollas. Siguió caminando. Subía una cuesta cuando empezó a percibir el entorno de color rojo, un rojo brillante y sonoro, hipnótico, que de pronto desalojó de su ser cualquier otra idea o sensación. Entonces, sin tiempo de detener la marcha, las piernas se negaron tajantemente a continuar. Se desmayó.

   —¡A un lado, se acabó la función! —gritó alguien.
   ¿Dónde estaba? Tardó en ubicarse. Lejos encima de él, un pájaro de cabeza amarilla picoteaba la rama de un encino. Yacía en la frescura de una banca de la plaza. Tenía un pañuelo húmedo en la frente y alguien cuyos dedos olían a medicina le levantaba la cabeza para darle a chupar la mitad de una naranja que sabía a vida, aunque era agria como las de su casa. Curiosos y burlones, lo observaban muchos pares de ojos a cuyos propietarios no lograba identificar.
   Sintió un violento pellizco en la pierna y vio a su hermano con el morral al hombro, de pie, gigantesco por la perspectiva. Estaba enojado.
   —¡Menso! ¿Quién te dijo que podías llegar caminando?
  —Así que te fuiste sin permiso, ¿eh, valiente? ¡Ya, a un lado, se acabó la función! ¿Hasta dónde pensabas llegar, chamaco? —el dueño de la farmacia le retiró el pañuelo.
  Javier se incorporó. Reverberaban aún los ecos del relámpago al rojo vivo y sentía la cabeza como si la hubieran golpeado con un marro. La plaza parecía de fiesta; música, mucha gente, alguna con banderitas. El comandante y otros que no conocía tomaban cerveza en el quiosco enfrente de un conjunto norteño. Se puso de pie.
   —Despacio, despacio. Hazlo que se acabe la naranja y que tome mucha agua, ¿eh? —aconsejó el de la farmacia, una persona que hasta entonces Javier siempre había visto detrás del mostrador cuando volvía de la escuela.
   Se echaron a caminar en dirección a casa. El menor renqueaba por el agotamiento y las ampollas, exagerando un tanto.
   —¡Mensote! Mis hermanas han de estar buscándote como locas —empezó Indalecio—. Y mamá y papá, ¿pensaste en ellos?… Mejor te pones una almohada atrás antes de llegar porque te van a sonar, segurito. 
   Tal vez sí. Con todo, Javier se sentía contento y deseaba saber cómo había estado el acontecimiento.
   —Puf, ni siquiera valió la pena. Pero tú, no me hables.
   —Sí, sí, pero ¿cómo estuvo?
  —Aburrido. No pasaban tráileres ni nada. Yo creo que detuvieron el tráfico en San Luis y en Monterrey, quién sabe… ¡Te dije que no me hablaras!
   —¿De veras detuvieron el tráfico?
   —Sí, y cuando pasó en el autobús principal, ¡nada!
   —¿Nada cómo?
   —Así, nada. Por la ventana abierta nomás se le vio la pelona que brillaba con el sol, y la mano alzada, saludando… ¡Eso sí, hubieras visto: como veinte motos y carros de policía adelante y atrás, nuevecitos, con las sirenas prendidas!
   Sí, a pesar del cercano castigo y la cada vez más pálida frustración de no haber llegado, el menor se sentía contento.  ©
 

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