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Cuento: pederastia




El diablo, el clérigo y la sirvienta

Con la pregunta ¿los señores desean algo más? se retiró la sirvienta con los últimos restos de la cena y las tazas vacías de café. El padre Sánchez empezaba a cabecear densamente en un sillón y el invitado, de rostro agradable y juvenil, arrellanado frente al otro en el sofá, acercó su mochila de aventurero, sacó un puro que olió sin prisa y se inclinó a servirse otra copa del delicioso oporto Taylor´s que estaba ahí a su alcance en la mesita central. Encendió el cigarro, cogió la copa y se puso a disfrutar ambos con arrobamiento mirífico. Sobre todo si era de gorra, el sibaritismo gastronómico y de sobremesa era su pecado favorito, y de hecho el único que practicaba porque no le permitían más, una tristeza.
   Pero ya estaba siendo hora de terminar su trabajo. El invitado apagó el puro, se echó a la boca un puñado final de nueces de la india y tronó los dedos con fuerza. El padre Sánchez se levantó como si gritaran incendio, aturrullado.
   —Disculpe, creo que estaba soñando. Bien, a pesar de su estridente visión de la vida, sin duda fue una agradable velada, seminarista Ascencio. Pero el cuerpo exige saldar cuentas, y viera de qué manera en mi caso. Amparo preparó su habitación al final del pasillo, que duerma bien.
    —Antes de que se retire, padre, quisiera aclararle un punto importante.
   —Mañana, hijo, mañana. No estoy de vacaciones como usted y oficio misa a las siete.
   —Tiene que ser hoy y no se lleva mucho tiempo. Soy el Diablo, padre. ¿Me entiende?, el mismísimo Diablo.
   —Sí, ya lo había notado —respondió Sánchez con la mordacidad que siempre le funcionaba en sus sermones—. Reitero que sus ideas son, y por delicadeza no lo quise mencionar hace rato delante de la noble Amparo, demasiado liberales para alguien que se dice a punto de tomar las ordenes sacerdotales. Sin duda sacó notas sobresalientes en patrística y derecho canónico, conoce la Biblia más que muchos hermanos historiadores, pero ¿de veras tiene vocación para el sacerdocio? El sacerdocio es sacrificio, es…, es tantas cosas. Le recomiendo que lo piense con detenimiento, es muy joven aún.
   —¡Pero si le acabo de decir quién soy! Y ahora que recuerdo, yo también me callé por cortesía que Coelho es un escritor católico muy menor, lea mejor a Chesterton, a Gide, a Papini. Son los de cajón, es cierto, pero cuestionan, no son unos cursis facilones. Además de esos, hay muchos otros excelentes, aquí mismo en este país.
   —Me gusta él y punto. Ya bebió demasiado, váyase a descansar. Mañana tiene garantizado el desayuno, después de eso no quiero volver a verlo por aquí, ¿me oye?
   —El que no oye es usted, padre Sánchez. En verdad soy el Diablo. Bueno, un representante plenipotenciario, un CEO del mismo Infierno, que para efectos prácticos y legales es exactamente igual que si fuera Satanás, el que tentó a Jesús en el desierto, el que se le apareció “de abominable figura” a Teresa de Ávila, el que hizo a una joven inocente lanzar vómito verde al rostro del padre Karras y el padre Merrin —soltó una risita imitando a Regan MacNeil, pero su interlocutor pareció no apreciarla—. En fin, apelo a su inteligencia para que me escuche ahora sí. Conozco sus secretas aspiraciones y tengo un interesante negocio para usted, una auténtica ganga por tiempo limitado.
   —No cabe duda que el conocimiento sin juicio es lugar vacío. Buenas noches —José Fidel Sánchez se encaminó a la salida, agarró el picaporte y lo encontró trabado.
   Jamás se cerraban así las puertas de entrecasa, a menos que él lo ordenara. Indignado, volteó a ver al otro, que observaba hacia el techo con absorta socarronería. Volvió al picaporte, lo soltó de inmediato porque ardía y, un poco a destiempo, escapaba de la cerradura una pequeña tormenta multicolor de rayos y chispas que se deshizo en una gorda nubecilla de humo.
   —Por favor, no me obligue otra vez a emplear jueguitos pirotécnicos que soy un asco para eso —advirtió el invitado—. Siéntese y tomemos otra copita mientras platicamos.
   Cogió el frasco y sirvió las copas; se empinó la suya de golpe y la volvió a llenar.
   —¿Quién es usted? ¿Qué vino a buscar a esta casa de gente buena y pacífica? ¡Váyase, ya no es bienvenido aquí! ¿Se lo tengo que explicar frente a un pizarrón?
   —Una delicia de potentado este licor, sabe escoger bien —el seminarista alzó su copa—. En estricto sentido, yo no vine por iniciativa propia; usted insistió en invitarme esta tarde al escuchar en la recepción de la esposa del gobernador que hice mis estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana, con prácticas profesionales en la oficina de prensa de la Santa Sede.
   —Lo reconozco, pero hace un minuto se venció el plazo para que se vaya. Así que gracias, cuídese.
   —Su soberbia e incredulidad van de la mano, José Fidel Sánchez. Mire, cuando las enchiladas con mole, quise hablar de equidad social, se hizo el desentendido; cuando las jericayas, dele mis felicitaciones a Amparo por cierto, intenté saber su opinión sobre la pederastia clerical y me bateó con su queja de la escasez de limosnas dominicales en la diócesis. La soberbia está perfecta, me gusta; la incredulidad atenta contra los fundamentos de su ministerio y el mío. Pero tranquilícese, no me interesa convencerlo de una manera efectista sino con razonamientos.
   —¿Convencerme de qué?
  —Ya lo verá, le conviene... ¡Pero acérquese, caramba, prometo no agarrarle la entrepierna, soy asexuado! —El padre Sánchez, que lo observaba de hito en hito, dio por fin unos pasos medrosos hacia el centro de la sala, un magnífico estudio-biblioteca con comodidades que incitaban a cualquiera a quedarse a vivir ahí—. Mire, usted quiere ser obispo de esta provincia y cree tener tantos méritos como su rival Robledo del Pozo, pero le falta el apoyo del arzobispo y carece del linaje económico y seudoaristocrático que el otro manipula con habilidad, ¿no es así?
   —¿Es un espía? ¿Quién le dijo tales patrañas?
   —Eso no importa, lo que sí, que no son patrañas y usted lo sabe a la perfección. Pues bien, yo pudo cumplir sus sueños de obispado en un plazo corto, muy corto.
   —¡Lárguese de inmediato! —Sánchez le señaló la puerta.
   —¿Cómo si está atrancada? —sonrió el invitado con candidez.
   —¡Amparo! ¡Amparo, ven de prisa! ¡Llama a la policía!
   —La sirvienta ya está dormida, con tapones en las orejas para que no la molesten las ratas que hay en su armario.
  —¿Ratas?, aquí no hay ratas. ¿Y de dónde saca que deseo ser obispo…? ¡Como quiera que la haya cerrado, abra esa puerta y lárguese en el acto!
   —Entiendo que esté asustado y no le pido mucho, sólo que se siente para platicar. Yo sé que desea fervientemente que hagamos algo por usted.
  Una serie de golpes en la madera de la puerta hicieron al anfitrión salir de la furia para entrar en expectativa. Apareció la sirvienta en un pudoroso camisón de franela de la garganta a los tobillos.
   —Excelentísimos, mil perdones, olvidé despedirme. No se desvelen mucho, buenas noches —salió de inmediato; pendía de su cuello una cinta rematada en cada extremo por una goma de color naranja.
   —¡Espere, ayúdeme con este delincuente, no le cierre! —el padre Sánchez corrió tras ella. La puerta estaba otra vez atrancada.
  —Je, creo que fallaron mis tiempos con su eficiente ama de llaves —dijo el invitado—. En esencia no cambia nada. Ella no va a volver, ¿seguimos con nuestra charla de negocios?
   Rato después el padre Sánchez terminó por ceder y fue a sentarse como un chico malcriado, sin deshacerse del todo de sus recelos y lo más lejos posible del invitado.
   —A cambio de mi alma, supongo, habló de ayudarme a convertirme en obispo, ¿puede explicarme cómo lo haría?
   —Con gusto, pero primero una aclaración. No sería a cambio de su alma ni de ninguna otra cosa exorbitante para usted.
   —Vamos, siempre se trata del alma, no me engañe —el padre Sánchez alcanzó su bebida.
   —Con usted estoy jugando limpio, tenga la certeza. Se trata del alma, sí, de ella vive su bando y el mío, pero no de la suya. Usted conserva en todo momento su libre albedrío para salvarse o condenarse hasta en la hora postrera.
   —¿Y en cuanto a lo del obispado?
   —En cuanto a eso aún no tengo un plan concreto, pero no me preocupa.
   —¡Ya lo decía yo, un fraude! Muy diablo y todo, no sabe cómo proceder. Váyase ya, por favor.
   —Planes infalibles tengo muchos, se lo aseguro, todos con el componente esencial del dinero, que es fama pública nosotros podemos proporcionar ilimitadamente para conseguir nuestros fines. No hay tal, los estatutos nos obligan a cuidar hasta el último centavo, por eso tenemos primero que ponernos de acuerdo.
   El sacerdote se quedó callado viendo las olas que rebullían en el líquido apresado en el cristal entre sus manos.
    —Usted dirá —levantó la cara, engallado.
    —Vuelvo a preguntar, ¿qué opina de la pederastia en los sacerdotes?
    —¡Si cree que voy a confesar que yo soy uno de ellos, está muy equivocado! 
    Padrecito, esa no fue la pregunta. ¿Qué opina de la pederastia en los sacerdotes?
   —Que está mal, por supuesto, que es una aborrecible falta trátese o no de un sacerdote, pero sobre todo en ellos.
    —Bien, vamos muy bien. Otra pregunta, ¿por qué usted no ha hecho gran cosa para evitarla, por ejemplo, denunciando a sus compañeros que la practican ante las autoridades seculares o eclesiales, condenándolos en el púlpito con mayor convicción? Sinceridad en la respuesta, por favor.
    —Yo estoy limpio, le digo. Ya Dios juzgará en la otra vida a sus torcidos y sucios practicantes. En ésta, el Vaticano ha fijado una enérgica postura y estoy con ella.
    —Sí claro, enérgica, los pretextos son nuestra ganancia. Lo que pido de usted… ¿Tendría por ahí otra botella de este elíxir demoniaco-celestial? Gracias. ¿Le sirvo otra? Bien, ahí estamos, salud. Lo que pido de usted, una vez que sea obispo, puede que arzobispo y más allá, es que se mantenga con la misma postura, que continué matizando acusaciones y daños: “los enemigos de la civilización y la fe, los medios liberales e izquierdistas que magnifican hechos y cifras porque no creen en el milagro de Dios y la vida y con infinita arrogancia intelectual les molesta que otros lo hagan”, ese tipo de barricadas nos sirve de manera inmejorable.
    —Y todo eso ¿para qué con exactitud?
    —Tiene ojos y no ve, eso me encanta. La pederastia es, digamos, un pecado de alto impacto, la joya de nuestro museo de los horrores. Causa daño, no tanto como pregonan, se lo aseguro, en los niños, en los padres, en la sociedad, en la propia Iglesia. Entonces, humildemente deseamos que se mantenga el statu quo, y en eso usted nos ha venido apoyando como no tiene idea y deseamos retribuirle de alguna forma. Sólo debe asegurarme verbalmente, nada de anacrónicas firmas con sangre, que no cambiará de postura.
    —Y si lo llegara a hacer, ¿qué?
    —El día que menos lo espere, vendría con mis amigos a dar cuenta de su cava y sus quesos; como son algo atrabancados, no le garantizo que esta bonita habitación quede indemne al final. Es broma. Creemos en la libertad de conciencia, le mencioné. En caso de que llegara a cambiar de opinión no pasaría nada en lo absoluto, sólo perdería lo que hubiera ganado con nuestra participación hasta ese momento.
    —¿Sólo eso?
    —Sí, sólo eso, ¿quiere más.
    —No, no… Dios santo, hasta me siento mareado. Usted es quien me marea, me doy cuenta. Esa cara tan inocente, su voz casi infantil…
    —Si lo prefiere, me voy. Nada a fuerzas.
    —¿De veras es usted quien dice ser? ¿No estoy soñando?
   —Definitivamente, me voy —se incorporó el invitado—. No hay peor afrenta que descrean de la palabra de uno.
    —No sea tan dramático, oiga, y sirva otra ronda. Pero cuénteme alguna de esas ideas de cómo llegaría yo a ser obispo, arzobispo y más allá, como mencionó usted. Méritos sí tengo, lo dijo usted bien, pero el arzobispo Rovirosa me considera un pobre blandengue en comparación con Robledo del Pozo, quien, aquí entre nos, le gusta chupársela a su chofer.
   —Ay padre Sánchez, me ruboriza. Un plan perfecto y sencillo podría ser, escuche con atención…
    —¡Padre Sánchez, despierte! Se le hace tarde para bañarse, mire que tiene misa a las siete y se enfría el desayuno.
    El padre abrió los ojos y, más allá del categórico rostro de la sirvienta, descubrió el nuevo día por las rendijas de las cortinas, y que seguía recostado en el sofá con un terrible dolor de espinazo y unas tremendas ganas de vomitar.
   —¡Maldita sea, Amparo, estaba a punto de conocer un plan infalible para…! —despertó del todo, y se dio cuenta de las implicaciones en la frase que acaba de soltar—. ¡Dios santo, Dios santo, tuve una aterradora pesadilla que no le desearía ni al que le pega a su madre! ¿Se fue por fin el invitado, Amparo?
    Una figura ágil y espigada se incorporó en la penumbra para correr las cortinas con brutalidad.
   —Aquí estoy, querido padre Sánchez, dispuesto a concluir la conversación de negocios que iniciamos anoche. Pero vaya a sus deberes que yo puedo esperar.
    —¡Salga de aquí! ¡Amparo, échalo!
   La sirvienta detuvo su quehacer de recoger y acomodar objetos y se colocó las manos en su robusta cintura.
   —Niños, niños, ¿no les da vergüenza beber tanto? Usted a desayunar, y usted, padre Sánchez, a bañarse de prisa, que el joven Ascencio está deseoso de escuchar uno de sus famosos sermones, me lo confió anoche, ¿verdad, joven Ascencio?
   —Sí, claro que sí, son famosos hasta en Roma, lo sé de buena fuente. El papa, me han dicho, piensa preguntar al arzobispo por el canónigo de catedral José Fidel Sánchez, y creo que puede ser pronto, muy pronto. ©


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