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Disquisición: tenis




Sobre unos tenis que me llevó mi padre

Cada semana mi padre viajaba de Cerritos, pueblo olvidado en el centro-norte del país, a la capital del estado a comprar mercancía para su modesto negocio de frutas y verduras. Los jueves tomaba el tren de las cuatro y media de la mañana y volvía en el que llegaba a las once de la noche; muchas veces quise esperarlo despierto pero me ganaba el sueño.
    Nunca fue demasiado afectuoso, pero recuerdo que nos llevaba a los hijos (no pocos) regalos pequeños que él o mi madre nos ponían cerca de la cara para que fuera lo primero que viéramos al despertar. Así, recuerdo la textura, el color y sobre todo el aroma de muchos objetos. Ropa más que nada, pero también pelotas y cochecitos de plástico, ate de guayaba y membrillo cortado en dados, cajeta en potecitos redondos de madera que hace mucho dejaron de existir; a veces sólo era una simple fruta o un caramelo. Tales despertares sólo son comparables a los que se tienen cuando está uno profundamente enamorado.
    Esa vez que esperaba mis tenis nuevos, al acostarme me hice el firme propósito de permanecer despierto, ahora sí, ahora sí, hasta que llegara mi padre. Tampoco. Por la mañana sentí muy cerca de mí la caricia del olor a lona y hule nuevos. Estiré el brazo para palparlos y abrí los ojos de a poco para degustar su aparición. No me entusiasmó nada lo que vi. Eran unos botines de color rojo, de un rojo más oscuro que el de la bandera nacional, con puntera en forma de recorte de uña o de luna creciente. Ya había planeado estrenarlos ese día en la escuela pero los dejé. Creo que hasta hice berrinche y lloré. Los tenis debían ser bajos y blancos, y sobre todo sin esa horrible nariz de plástico. La necesidad me hizo usarlos poco después.
    El broncudo del salón, recuerdo bien, se les quedó viendo con menos hostilidad de la que yo había esperado, me pegó un pisotón casi amistoso y se alejó sin abrir la boca. Otro compañero preguntó sin asomo de burla dónde me los habían comprado, y así fui sintiéndome contento con mis tenis, los únicos que recuerdo hoy. Las lecciones pueden ser varias (llevar con frescura lo que se posee, atreverse a ser diferente). Sólo me interesa asentar que cuando recuerdo el esfuerzo que hacía mi padre por llevarnos cosas comunes que hacía pasar por originales duermo y despierto mejor. Los que padecen insomnio o despertares traumáticos deberían probar por ahí.
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Comentarios

Wes ha dicho que…
Conmovedor. Saludos al autor.
Esteban M.S. ha dicho que…
Me gusta que te haya conmovido- Gracias por leérlo, Wes.
María López Terrones ha dicho que…
Me transportó a mi infancia de tal modo que percibí el olor de mis tenis blancos nuevos que conmplementaban mi amor por la gimnasia escolar!!!

Esteban M.S. ha dicho que…
Muchas gracias por tu comentario, María. El hecho de que el relato te haya transportado habla de tu sensibilidad y, por mi lado, de que mis textos no están tan peor, porque es virtud de la Literatura despertar evocaciones. Un gran saludo.

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