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Disquisición: la música





Invitada principal en fiestas y no pocos duelos: la música


El nene no se duerme si no hay arrullos, una boda sin música no es boda, no se siente el mismo fervor a los dioses si no hay cánticos, rinde menos y cala más el trabajo sin salomas, el suicida escucha su canción antes de infligirse la muerte.

Incluso el Cielo, el miedo, la felicidad, la nostalgia y otras abstracciones tienen su convención musical, algunas por vía cinematográfica.

Orfeo enamoró a Eurídice con su lira; cuando ésta muere, se pone a tocar canciones tan tristes que musas y dioses se apiadan de él y le aconsejan que baje a buscarla al inframundo. Con música sorteó los peligros, entre ellos el que representaba el temible cancerbero, y ablandó los corazones de Hades y Perséfone para que le permitieran llevarse a su amada.

La música importa, y mucho. No es sólo negocio, no es mero entretenimiento, ni telón de fondo o banda sonora de la vida. Es ritual y espejo, cadencia vital, latido, arrullo, poesía y conocimiento significativo, compañera de la realidad y sustancia de los sueños. Es la invitada principal de la fiesta, cualquiera que ésta sea, y de no pocos duelos. 

La música nos conecta con la tierra y nos reintegra al cosmos. Es un don divino y a la vez una de las expresiones cumbre de la creatividad del homo sapiens. No ha existido cultura, por primitiva que nos parezca ahora, que no creara música.

El perro baila con la música condicionado por el hombre, o quién sabe. Aunque lleva la música por dentro, el hombre baila condicionado cada vez más por los monopolios del entretenimiento y el espectáculo.

La música incide en la psique de manera íntima y creativa, y esto no sólo alterando o reforzando estados de ánimo sino estimulando la inteligencia del escucha, abriendo los poros de su percepción. La música nos embelesa, nos traspasa, nos transporta (no se diga cuando no nos gusta, reza un chiste).

Así, todas sus manifestaciones, por elementales o vulgares que parezcan, debieran ser materia de celebración. Desde el acompasado golpear de dos piedras, pasando por la complejidad catedralicia de la música sinfónica, hasta la disonante, anacolútica, predecible, casi pornográfica y delictiva letra de algunas canciones “gruperas” del norte de México que hacen babear a los narcos y demás batos de cerveza fácil y precarísima cultura.

Un cuento (corto) conmovedor sobre el influjo de la música: “Semos malos” (Cuentos de barro, 1933), del salvadoreño Salvador Salazar Arrué, Salarrué. Un cuento (largo) sobre los complejos ingredientes emocionales de la creación musical: “El perseguidor”, de Julio Cortázar. Una gran novela sobre músicos famosos: Concierto barroco, de Carpentier. Y ya para irme con mi música a otra parte, una película inolvidable sobre el mismo tema, aunque existen muchas muy buenas: Amadeus (1984) de Milos Forman.

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Texto dedicado a José Dueso, compañero en las lides blogerianas.

Comentarios

Hector Curiel Garcia ha dicho que…
Buen artículo, me hizo recordar el fenómeno de los grupos de adolescentes que hacen música para ganar dinero sobre todo, y entre sus fans más sinceros están los niños de 2 a 3 años.
saludos
Esteban M.S. ha dicho que…
Gracias por tu comentario, Héctor. Y sigue visitando estas divagaciones. Un saludo.

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