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Disquisición: los árboles




Sucios y peligrosos: los árboles
Por su tamaño, son los cetáceos del reino vegetal. Cachalotes, orcas, ballenas están destinadas, dicen, a extinguirse pronto. ¿También los árboles?
   Desgreñados, anárquicos, costrosos, consumen recursos vitales para el ser humano en las pujantes ciudades. Se les humilla (¿para qué se atraviesan?) pegándoles chicles, infligiéndoles corazones e iniciales a punta de navaja, colgándoles publicidad, cables.
   Tan valioso cada metro cuadrado, es sabido que el árbol estorba en el espacio de la urbe. Sobre todo para que fluyan o descansen nuestros coches de la mejor manera. Ay de él como no sea decorativo, simétrico, útil para aumentar la plusvalía.
 
  Bien está que se talen (¡es tan fácil!, ni siquiera boquean para defenderse como el más indefenso de los animales), se les confine en arriates reducidos o en sitios específicos, como a animales salvajes en el zoológico; esto (¡advertencia!) no les garantiza que estén a salvo. Hay que aplaudir que se les erradique (de radix, raíz) para ampliar el andador o el quiosco, para construir el asador, la banca, la escultura vanguardista o el monumento al gran prócer, en ocasiones al gran prócer ecologista.
   Sucios y peligrosos, treparse a un árbol es casi una aberración para los padres de los niños; Tarzán no está de moda y éstos, por lo demás, tampoco quieren ya treparse, ocupados en el formativo videojuego como están.
   Para el amigo de al lado los árboles producen basura, así que hay que cerrar los oídos a los alarmistas que pregonan que más desperdicios genera un ser humano en dos o tres días que un árbol en un año, y que a diferencia de los residuos vegetales, los de los humanos puede tardar en reintegrarse a su origen miles de años. No debemos escuchar que la basura más notoria de los árboles, las hojas, se degrada en poco tiempo, y con beneficios para la misma naturaleza si se le procesa adecuadamente. Para eso hay abonos químicos.
   Se han dado pleitos encarnizados entre vecinos por causa de esa basura, y no se diga por las raíces insumisas, que se atreven a reventar cimientos, bardas, pisos. Entonces, a favor de la coexistencia pacífica, habría que desterrar los árboles de las ciudades.
  Una urbe ideal sería una extensa planicie (playa le llaman con buen sentido del humor) como las de los estacionamientos de supermercado, bien señalizada para los conductores (los peatones no importan tanto), iluminada de noche como si fuera de día, sin árboles. ¡Y si empieza a faltar ese anacronismo llamado “aire puro” y se empobrece al paisaje, se descontrola el clima y se multiplican las inundaciones porque ya no hay barreras naturales, qué importa! El ser humano siempre se las ingenia para salir adelante y ya sabemos que allá afuera hay muchos planetas que acogerían gustosos a la estirpe humana.
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