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Disquisición: el cabello




Símbolo de nuestro inconformismo: el cabello

        Canción 
“tu pelo habrá crecido” 
canto en mi soledad
y lo acaricio (Juan Gelman).

Recordatorio de nuestra condición prehumana, el cabello o pelo sirve para atajarnos de las inclemencias del clima. Es nuestra techumbre integrada, y si no viene de fábrica en el color que nos gusta existen infindad de tonalidades para cambiarlo.

Sirve también para que lo desordene el viento, para quejarnos de él cuando se cae, para comérnoslo cuando estamos nerviosos y para arrancárnoslo (mesárnoslo, cultismo que se usaba en las tragedias griegas) cuando estamos desesperados.

Pero sobre todo sirve para lucirlo, es distintivo social, cultural y hasta económico; como la ropa y los modales, queremos que hable por nosotros, especialmente si somos tímidos o no tenemos nada inteligente que decir. Viéndolo bien, lo queramos o no, siempre habla por nosotros.

El cabello sólo está en la cabeza; el pelo está en todas partes: en el suelo, en la almohada, en los sobacos, en el pubis. Pero no les crean a los pedantes cuando dicen que el pelo no está en la cabeza, o que sólo lo tienen los animales. No es cierto. En buen español se usan como sinónimos desde hace siglos.

Así lo gritan las palabras peluca, peluquero, peluquería, lo reafirman poetas como Ramón López Velarde, Miguel Hernández, Jaime Sabines y Juan Gelman, entre muchos otros, que de tontos no tenían un pelo, y lo corroboran instituciones tan sólidas como la Academia Mexicana de la Lengua, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) y la Universidad de Piura, Perú, de cuya página web extrajimos esto:

Para seres humanos puede usarse cualquiera de los dos términos indistintamente; sin embargo, el término cabello es percibido por los niveles socioculturales alto y medio alto de Lima como afectado.

Algo opuesto sucede en México en las mismas capas socioculturales: el pelo no está en la cabeza. Quizá por eso es tan horrorizante el proverbial pelo en la sopa.

Tal vez como ninguna otra parte del cuerpo, alrededor de ese apéndice piloso se ha venido conformando desde antiguo una creciente multitud de oficios, profesiones e industrias de sustancias y artilugios para asearlo, cortarlo, peinarlo, adornarlo, conservarlo, recuperarlo, engrosarlo, teñirlo, aclararlo, suavizarlo, alaciarlo, rizarlo, fijarlo, moldearlo, trenzarlo, abrillantarlo. Es el símbolo de nuestro inconformismo.

No es cierto que sea parte esencial de la personalidad, sobre todo si ya estamos calvos, ni que estemos perdiendo virilidad si se nos cae. Declaro lo anterior en legítima defensa. ©



Comentarios

Maika ha dicho que…
Entretenido, sí.
Esteban M.S. ha dicho que…
Escueto comentario pero, por supuesto, se agradece enormemente. Saludos.

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