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Cuento: Satanás



El promotor de Satanás

Al tercer timbrazo tampoco se abrió la puerta, pero escuchó una voz desde la ventana del piso superior:

         ─¿Sí, diga? ¿Qué se le ofrece tan temprano?

         ─Y en día de descanso, ¿verdad? ¿No está enojado?

         ─De ningún modo. ¿Qué se le ofrece, buen hombre?

         ─“Buen hombre”, me gusta eso, nada como la adulación para perder al humano. Mire, soy de la Iglesia Suprema de Satanás, el verdadero rey de los mortales. ¿Ya conoce la sabiduría infinita de nuestro libro supremo?

         Daniel recuperó la confianza al ver con nitidez cómo el hombre de la ventana pasaba de la sonrisa amable, un tanto dura, al desconcierto y el enojo.

         ─¿Está loco? ¡Lárguese, aquí somos Centinelas de Yahvé!

         ─Centinelas de Yahvé, sí, precisamente por eso estoy aquí. Pero permítame unas palabras, no cierre. Nuestro gran señor Satanás ordena echar al extraño, de ser posible a balazos, pero no sin antes escuchar lo que tiene que decir. ¿El suyo ordena otra cosa?

         ─¿Mi qué?

         ─¡Su dios, su mesías!

         Diario, incluyendo domingos, Daniel se iba a la cama a las cuatro de la madrugada; era diseñador gráfico freelance y en la quietud de la noche se inspiraba mejor. Haciendo un esfuerzo, aquel día feriado se levantó a la seis. Luego del baño se caló el saco y el sombrero negros y pasó, en el mismo edificio, al departamento del amigo que le facilitaría una corbata seria; tenía un par pero ninguna era lo suficientemente seria para los fines que perseguía.

         El plan entero lo había concebido de un tirón, bajo los influjos del enojo y con la conciencia plena de que no lo llevaría jamás a la realidad porque era absurdo. Conforme se tranquilizaba fue convenciéndose de que no era tan absurdo, y de que podía muy bien llevarlo a cabo, menos para defender alguna creencia religiosa o convicción política, que para escarmentar y desquitarse.

         Llegó a las siete a la modesta colonia, no muy lejos de la suya. A las siete quince ya estaba buscando el número del domicilio a lo largo de la calle. Cuando lo encontró, bajó del coche con el portafolios, también prestado, y se ajustó la corbata y el sombrero. Pulsó el timbre con decisión pero sin insistencia. Quería que todo pareciera natural.

         ─Está usted loco, ¡lárguese de una vez o llamo a la policía! ─hablaban a gritos a causa de la distancia, pero esta vez el del hombre de la ventana debió de escucharlo media colonia. Y con mayor claridad aún la respuesta de Daniel:

         ─Ah sí, yo estoy loco, ¿verdad?, pero ustedes cuando van a llamar a mi puerta no lo están porque cumplen una misión divina. Mire, yo estoy haciendo lo mismo que ustedes, catequizando a partir de la libertad de creencia. ¿Le interesa? ─Daniel levantó el libro, voluminoso, negro─. Tiene  excelentes trucos para volverse rico en un dos por tres.

         ─No sé quién sea usted ni qué pretende, pero definitivamente tiene podridas sus neuronas. ¡Váyase ya o bajo yo mismo a echarlo a palos! ─el hombre cerró la ventana.

         Daniel apretó el botón del timbre y miró hacia arriba. La hoja se abrió nuevamente.

         ─Me informaron que el pastor regional Bermúdez era abierto y tolerante, siempre dispuesto a hablar de religión con cualquiera, e incluso a debatir porque usted, me dijeron, había tomado varios cursos de teología en Nueva York, California y eso.

         ─Le informaron bien, pero no discuto con desquiciados. ¿Qué rayos quiere?

         ─Véame con cuidado, ¿le parezco un desquiciado porque pregono la palabra de Satanás, mi dios supremo? Seguro usted sabe que la existencia de mi dios convalida la del suyo… ¡Pero al diablo Satanás, soy sólo un ciudadano indignado!

         ─¿Qué es lo que busca?

         ─Muy sencillo, que sus misioneras dejen de tocar a mi puerta los domingos. Les he dicho de varias formas que no me interesa su doctrina, que me dejen descansar, que no vuelvan aunque me vean retorciéndome entre llamas, pero ahí están cada semana, tozudas, con su atildada humildad y sus faldas largas, no las mismas, lo reconozco, pero a mi delicado ritmo circadiano le da exactamente igual que sean unas u otras.

         El hombre de la ventana suavizó su actitud.

         ─Se los voy a decir, pero no le prometo nada. Su celo religioso a veces es tan grande que…

         ─¡Celo religioso mis tanates! ¿Cree que no sé que les pagan una comisión por cada alma que encarrilan al centinelismo? ¿Les paga la CIA o alguna tenebrosa fundación de estudios sociales latinoamericanos para desmovilizar políticamente a las masas con el señuelo del Paraíso Eterno?

         ─No joven, cómo cree, es un apostolado de cada quien.

         ─A mí, fíjese, me vale un comino lo que hagan, vivimos en un país de libertades religiosas; sólo tiene que asegurarme que ya no van a ir a despertarme cada domingo...

         El pastor Bermúdez le pidió su dirección y prometió que ya no irían a molestarlo; sólo entonces, con gran alivio porque empezaron a aparecer vecinos hostiles en las ventanas de alrededor, el diseñador subió a su coche y volvió a casa a seguir durmiendo. No dudaba que todos los habitantes de la colonia fueran centinelas de Yahvé.

         Religiosamente, ese domingo tocaron a su puerta a las ocho de la mañana. ©



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