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Crónicas sin tiempo: narcotráfico a gran escala




Jefe de correos

Mire, aquí en Estados Unidos empecé cambiándole el aceite a los vehículos, salté a aprendiz de mecánico y luego fui jefe de mecánicos; de ahí brinqué a “courier” o “mule”, que allá en México se conoce como “burrero”, aunque al principio el burrero era exclusivamente el que pasaba la droga por la frontera a puro lomo. Llegué a transportar en mi camionetita doble cabina de cien a ciento cincuenta kilos de coca cada mes durante dos años; era el más constante, a excepción de Rupert Lemmon, conocido como “el Abuelo” o nomás “Abue”. Había en activo dos grandes leyendas, ambos gringos: Ross “Juanito” Coleman y Rupert Lemmon.
            Coleman había sido empresario y mago de vodevil, de esos que serruchan muchachas de lindas piernas en el escenario; se volvió alcohólico y tiró todo al caño. A Juanito le faltaba la pierna izquierda, pero no a causa de una venganza laboral, sino por una feroz zacapela en una casa clandestina de apuestas en Dallas; se las daba de tahúr profesional. Una vez que abjuró del trago, le dieron su fama los hechos de que la cojera no lo arredrara para hacer su trabajo y de que iba hasta Seattle, una plaza modesta que él contribuyó a posicionar entre las mejores, y a veces pasaba a Vancouver.
            El otro, el Abuelo Lemmon, era mi leyenda favorita por varias razones, que si me tiene paciencia le contaré más adelante, aunque tal vez haya leído usted el reportaje que apareció sobre él en el mismísimo New York Times. Por descontado, el periodista quemaba incienso a la DEA y otras policías, bull shit!, pero incluía abundante información sobre el modo de operar y brochazos sobre la vida privada de Lemmon.
            Iba yo a recoger los paquetes a una casa en la ciudad de Mesa, en el condado de Maricopa, Arizona. Por lo regular estaban en el garage, que tenía la puerta sin cerradura; sin nadie a la vista, los cargaba en la camioneta y los transportaba a una bodega en Elgin, en los suburbios de Chicago, escondidos en maletas o en el fondo de cajas de comida. Esa fue siempre mi ruta. Mi estrategia era tener a mi lado a una mujer y un par de niños, de tal forma que pareciera una familia normal de viaje. Varios tenían estrategias bien definidas: modificar constantemente el recorrido, sobornar a policías clave (no lo recomendamos porque aquello se vuelve interminable; no tienen llenadera y siempre te pide más) o manejar, con el conveniente overol gastado, vehículos con letreros de vagas empresas constructoras, aunque la mayoría decía que la mejor estrategia era no tener ninguna. Persignarse, aun los no creyentes, antes de arrancar, conducir un mueble confiable y poco llamativo y avanzar al propio ritmo, parar a comer y dormir cuando lo exigiera el cuerpo y no la o las personas que fueran contigo. En mi caso yo pagaba a dos hermanas michoacanas del barrio de Pilsen, cada una con dos hijos, que se atenían a mis órdenes. Eran bonitillas, conversadoras, y cuando no podía ir una iba la otra.
            Rupert no bajaba de doscientos kilos al mes; a mil dólares el kilo, eche cuentas. Ya se imaginará que nunca faltan candidatos a correos. Pero no sólo se requiere aguante para manejar durante horas y horas, noche y día, con lluvia o nieve, por carreteras atestadas o solitarias, también es cuestión de conocimientos e intuición para saber cuándo tomar atajos o dar un rodeo sin que pierdas el camino principal. Sobre todo, es cuestión de temple. Entre mil razones, la policía puede pararte porque falla la luz del freno o vas a la una de la madrugada a cinco millas más de las permitidas en una zona escolar; si te pones nervioso ya perdiste.
            Como acá nunca me detuvo la policía y allá llegué casi a la universidad, los de Sinaloa me dieron un ascenso y pasé a ser supervisor de los “correos”. En Mesa, Phoenix y Tucson había treinta y cinco casas, a veces dos o tres en la misma calle, por lo menos con dos cuadras de por medio, para igual número de rutas: Tucson-Detroit, Mesa-Los Ángeles y así, Rupert tenía la de Phoenix-Nueva York.
            Eso significaba treinta y cinco correos, que no se conocían entre sí y rara vez conocían a alguien de la organización. Yo los conocí a todos porque yo les pagaba y a veces les daba indicaciones. La mitad, más o menos, eran gringos y los otros chicanos o mexicanos que hablaban fluidito el inglés. Entre ellos había dos mujeres y un argentino que pasaba como americano por su cabello rubio. En todos los casos, escoria ambiciosa y aún presentable, aunque no por mucho tiempo. La presión desgasta como no se imagina.
            Rupert era el único de ellos que no tenía antecedentes penales (insignificancias en todos los casos), y el único también que no cargaba pistola. Se necesitaron muchos meses y una logística tipo “most wanted” man para detenerlo; por intervenciones telefónicas sabían que era un viejo, nunca se imaginaron hasta qué punto. El policía de caminos que sirvió de señuelo le preguntó al pie de su camioneta si llevaba un arma. “¿Un arma a mis ochenta y siete años?, ¡por favor, oficial, de lo único que tendría que defenderme es de la muerte y esta llega de cualquier manera!”, respondió él.
            Hasta yo me sentía un poco incómodo al lado de Rupert Lemmon. Tan fino, tan amable, nunca se alteraba, y lo hubiera visto con qué devoción trataba a sus nietos y bisnietos. Rupert Lemmon presenció el desembarco de Normandía desde un acorazado de apoyo en aquel famoso “día D” de la Segunda Guerra Mundial. Sí, parece increíble, Rupert tenía ochenta y cuatro años cuando lo conocí en 2008; por lo menos llevaba diez años trabajando como correo y estaría en activo otros cuatro antes de ser atrapado.
            A los otros se les conocía por el apodo, “El Chino”, “El Ojiazul”, “el de Atlanta”, lo típico. Lo que interesaba era saber sus números telefónicos. Cada correo era monitoreado por el amo de la plaza respectiva, así que si había problemas con alguno no era difícil encontrarlo. Al Abue no le importaba que se supiera su nombre, quizá porque ya tenía cierta fama como floricultor. Su nombre aparecía en catálogos especializados, asistía a exposiciones de flores en todo el país y salía en los periódicos. Era conocido sobre todo por un método de hibridación propia que permite un tipo de orquídea más resistente pero menos perfumada, me confesó una vez que comimos juntos.
            Por qué entró a trabajar con los de Sinaloa es un misterio, dinero no le faltaba. ¿Amor al peligro?, puede ser. Pero luego de la guerra se ganó la vida en una tienda de plantas, a nursery, you know?, primero como empleado y luego como propietario; compró un rancho en Kentucky y se especializó en orquídeas. A menos que uno tenga la manía de confundir insecticida con refresco, eso no es muy peligroso que digamos. Si quiere mi opinión, yo más bien creo que era aburrimiento. La gente tiende a vivir cada vez más y no sabe qué hacer con el tiempo que ha ganado.
            Inspirado en el Abuelo, yo aconsejé a los de la organización que aprovecháramos el potencial de los viejos y me dieron luz verde. Con que no les falle la movilidad ni padezcan Alzheimer, tienen de todo: conocimientos, intuición y temple.
            Luego de recorrer más de dos mil millas en tres días, le faltaban dos horas para llegar a la ciudad de Nueva York cuando lo detuvo el patrullero en las afueras de Daltonville, en la interestatal 81. Después de responder a lo del arma, el Abue se bajó despacio del vehículo, remarcando su fragilidad.
            Soy un anciano con prisa por llegar a una consulta médica, ¿me pude decir qué infracción cometí, oficial?
            Rutina, respondió, y le pidió la licencia de conducir. La ojeó sin verdadero interés y preguntó si llevaba droga.
            —No escucho bien, hable más fuerte.
            —Que si lleva droga ahí dentro.
            —¿Droga? ¿De qué habla? Lo que tiene que hacer es dejar que siga mi camino. Se me hace tarde para la consulta.
            —Primero tenemos que registrar el vehículo.
            —¿Tenemos?
            El policía pegó un silbido y saltó de la patrulla un perrazo que corrió de inmediato a husmear alrededor de la Cheyenne del Abue. Se plantó inquieto en la parte trasera y no tardó en subir sus cochinas patas delanteras a la defensa.
            —La llave de la caja, por favor.
            —¿Cómo dice?
            —Me oyó a la perfección, deme la llave de la caja.
            —No la tengo. Como nunca la uso, la olvidé en casa.
            —¡Démela o haré saltar la cerradura! —se impacientó el agente, que se apellidaba Fitzroy y después de eso recibió un ascenso y varios homenajes de organizaciones ciudadanas.
            Cuando el patrullero esposaba a Lemmon ya había llegado por lo menos una docena de los veinte agentes que, agazapados entre los árboles o en movimiento en sus vehículos, seguían la camioneta con radios y prismáticos. Lo estaban descubriendo con el sobado derroche de hipócritas oh boy!, oh my God!: era el mayor decomiso terrestre de cocaína en un vehículo de su tipo en el estado de Nueva York, incluyendo su ciudad más importante. Casi trescientos kilos. Imagínese: ya rebajada con talco o lo que usted mande, esa nieve la venden a 120 dólares el gramo en las calles de Brownsville o el South Bronx. Nos dolió hasta el alma, claro que sí, sobre todo porque aquello significaba el fin de la carrera del prolífico Abuelo.
            La defensa solicitó para él libertad condicional o arresto domiciliario, alegando que Lemmon padecía de demencia senil, osteoporosis y quién sabe qué más enfermedades que requerían de atención permanente. El fiscal señaló que el Abuelo había estado eludiendo a la policía por diez años en gran medida escudado en su edad y ahora buscaba usar a su favor ese mismo factor para evitar la cárcel. ¡No way!, dijo el maldito. Por su parte, el juez señaló que el intento de culpar a la edad y la demencia de Lemmon era un insulto a la gente que luchaba contra sus enfermedades de vejez sin involucrarse en actividades ilegales.
            Luego de la detención del Abuelo yo mismo escogí a su reemplazo. Se trataba de un jubilado de los pozos petroleros de Oklahoma, de sesenta y cuatro años de edad y sin antecedentes penales; salió casi tan bueno como el anterior y ahí sigue en el camelleo hasta donde sé. Poco después me apañaron a mí, bull shit, pero de eso no quiero hablar en mucho tiempo, espero que me entienda. Pero ahora le toca a usted. ¿Por qué está aquí? ¿Qué hacía alla antes de llegar acá?
 ©



Comentarios

Jo.Nu. ha dicho que…
Interesante y entretenido.
Esteban M.S. ha dicho que…
Muy agradecido, Jo.No.

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